Un arrebato antisocial

 



Me había pasado los últimos meses perdiendo tiempo en Threads, para matar un poco la claustrofobia que produce estar encerrada en una habitación cada día durante tanto tiempo. He pasado por muchas fases de auto convencimiento de que no todo estaba perdido, pero, sí, lo estaba. No son los de derechas, ni los misóginos, tampoco los idiotas vendebiblias que están ahí promocionando sus fanfics como si fueran el nuevo Garcilaso. Es sencillamente la gente. Lo mismo que ocurre en la vida cotidiana, pasa ahí, con la diferencia de que en el día a día soy capaz de detectar por el lenguaje no verbal, las pintas y la actitud el tipo de persona que tengo delante sin tener que escucharla, mientras que en redes sociales la carta de presentación es un terrorífico paseo por sus delirios y rumiaciones. Por supuesto, lo peor son las actitudes y los aires. Alguien puede expresarse mal o tener una idea equivocada de algo, no es intolerable y se puede salir de ese escollo en la comunicación con una simpatía reforzada, la cuestión es la mala fe. Que se nota por todas partes. Y cuando hablo de mala fe no me refiero a intenciones malignas, me refiero a la hipocresía, la superioridad moral, el populismo, el engreimiento, etc. Prefiero a un troll de toda la vida que a todos esos mentecatos. Y, lo reconozco, el perfil de persona que más odio es el más común. 

Hacía diez años que no pisaba una red social y la experiencia ha sido algo mejor que la de Twitter en 2014-15, pero siento que ya no hay misterio, que ya no descargo adrenalina, que ya no me motiva ir a provocar a nadie, y que solo me estreso. Me estreso porque es una trituradora mental, una tortura de repetición donde nadie es original. Cada uno tiene sus intenciones y no hay nada que odie más que esas intenciones. Porque la red social es un absurdo, o abrazas el absurdo o te conviertes en Testigo de Jehová de la ocurrencia más peregrina, peligrosa o descabellada. 

No quiero discutir con gente en pie de igualdad que defiende a capa y espada que el TDAH se puede auto diagnosticar. No quiero discutir con veganos que se creen en posesión de una verdad científica que, encima, halaga su sensibilidad animalista. No quiero relacionarme con gente a la que hay que explicarle una y otra vez qué es una parodia, qué una ironía, qué una exageración, qué una insinuación, qué un doble sentido. No, porque he experimentado que gente que ni siquiera tiene acceso a redes sociales, gente llana del pueblo que nunca ha sentido la vocación de las redes, sí sabe distinguirlo. Soy gaditana, estoy acostumbrada a que desde el niño al viejo tengan el sentido común de desactivarlo para hablar con cierta gracia. Si me quedo entre los lobotomizados sociales terminaré por perder la capacidad pragmática de entenderme con mi madre. Y mi vida será tan gris como la de esa gente con encefalograma plano. 

Hace poco alguien se escandalizó de que mencionara que me parecía divertida la experiencia First Dates. Yo habito una dimensión suficientemente ágil y cáustica en que First Dates sintetiza todo lo bizarro de la televisión primitiva que yo ni siquiera viví, como la de Crónicas Marcianas, pasando por el Gran Hermano y otro montón de Reality shows que jamás he visto pero he visto ver a mi hermana, pero en formato exprés y sin consumirle la identidad e intimidad a personas con una solidez psicológica cuestionable. No entiendo cómo puede una persona sentirse superior a ese espectáculo cuando participa de uno igual pero de calado constante, como es redes sociales. 

Lo malo de redes sociales es que obligas a gente sin talento a ser mánager de sí mismo. De uno en uno los frikis de Threads valen para una entrevista con Jesús Quintero, pero, en masa, solo dan ganas de practicarles un sutil holocausto. 

Todo lo agradable que he percibido en esa red social lo he construido yo directamente. Me gusta llevar un conteo de películas, o compartir cosas que me interesan, pero la verdad es que ni siquiera tienen mucho alcance, porque no busco encajar. Si quisiera encajar tendría que pasarme la vida como aquel que pone las películas más mainstream en el hub de cine preguntando a los usuarios si la reconocen, y que encima se las da de cinéfilo experto. No quiero ser enésima reseñadora de El club de la lucha, El padrino, o cualquier película de Tarantino.

He estado estos días leyendo a Laszlo Krasznahorkai y me costaba muchísimo concentrarme. Es cierto que había empezado con Guerra y guerra, que tiene mucho flujo de conciencia, o, bueno, algo parecido, ya que no es exactamente en primera persona, pero hace coincidir por lapsos demasiado largos la voz del narrador con la de Korin, un personaje que parece enfermo o desequilibrado, pero nunca he tenido el más mínimo problema para leer este tipo de literatura. Necesito dejar de tener basura delante. 

Me he desinstalado la aplicación, aprovechando que estoy haciendo limpieza en el móvil y, ya que estoy intentando mantener con un mínimo de vida este blog, trasladaré todo lo que he ido acumulando allí aquí para no perderlo definitivamente, aunque sea un contenido muy breve y superfluo. 

Estructuraré aquí abajo las principales compilaciones, y la ampliaré como si estuviera en Threads, con la misma inmediatez, pero ahorrándome el contenido basura. 
















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