Yo también he pensado, Bernardo, que cada paso en mi vida era un contacto con el horror de lo Nuevo. No solo eso. Desde niña —y con mi hermana como testigo— hubo siempre un fantasma, a menudo con forma de oscura cigüeña, que acechaba nuestra existencia. Podíamos sentirlo cuando el mundo, de repente, se quedaba en un indecoroso silencio; el cielo se teñía de un blanco grisáceo y parecía más cerca de nuestras cabezas de lo que debería estar cualquier cielo de la cabeza de alguien.
Una pesada sábana húmeda ondeaba en la azotea, con golpes bruscos, y gruñía, que es lo que hacen esos animales cuando advierten que están a punto de atacar. Al fondo, como una trompeta de la muerte, se elevaba el crotoreo de la cigüeña del campanario. Ese instante de espera, liminal, línea difusa donde se funden el cielo y el mar, ese sentimiento de tarde de domingo, era peor que cualquier novedad. Era un mal antiguo, un virus liberado por un permafrost traicionero, que nos obligaba a tomar una profunda bocanada de aire para sobrevivir el resto del día.
Créeme, Bernardo: yo también me he abstenido tantas veces de todo que he quintaesenciado la vida mínima, más como un esperar la muerte quieta, arremolinada sobre mí misma en una esquina, sin siquiera el lujo de un temblor. Huyendo hacia dentro del tiempo, colándome por entre sus pliegues cuando los hombres nos habían acorralado. Tal vez debajo de la cama. No es nada bizantino, pero es otra abdicación con menos honor.
A ese sentimiento —que mi hermana y yo bautizamos, sin saberlo, con el mismo nombre con que tú lo hiciste— aprendimos a domesticarlo. Nosotras metabolizamos el espanto y jugamos con la angustia y el desconcierto. Jugamos a las casitas con ellos.
Mi hermana abrazó la temeridad, que es lo más sabio en estos casos, pero yo viví muchos años, como tú, con el infierno en la punta de los dedos y sin deseos de usarlo.
Creo, queridísimo Bernardo, que debo abandonarte con esta empresa. Si alguna vez yo también dije «Tengo frío de la vida. Todo es sótanos húmedos y catacumbas sin luz en mi existencia», llevo tantos años en mi oscuridad que he desarrollado bioluminiscencia. En este fondo abisal por el que me arrastro solo hay animales horrendos. Yo soy uno de ellos. Y ahora acepto mi naturaleza: soy un cataclismo, el mismo que vi centellear entre los pliegues del tiempo cuando era niña, el mismo que crepitó en el aire y me erizó la piel.
Se acercaba el fin del mundo, hacia adelante y hacia atrás, y no tenía escapatoria. Yo misma soy un animal que ha crecido en esas condiciones ambientales, y ahora ya sé que no me dañan. Si he sobrevivido a la calamidad, solo puede deberse a que mi pH es más ácido que el suyo.
Heme aquí, Bernardo, saludándote pero diciéndote adiós. Porque he encontrado un nuevo camino: el de los animales que se arrastran.
Este cuaderno de bitácora mutará conmigo. Dejaré que le salgan cerdas, ojos, extremidades. No ofreceré resistencia a la angustia; me someteré a ella y buscaré deleitarme en su horror.
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¿Qué queda del horror cuando uno aprende a navegarlo? No se puede domeñar un mar de azufre, pero puede uno disolverse en él.
Lo raro no es lo bizarro, no exactamente, porque a veces lo bizarro es, por descontado, frecuente, e incluso cotidiano, y basta un ejercicio de ostranenie —como quien se limpia las lentes—, para poder identificarlo.
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Nude by Lucas Cranach # 1, Collage de papel sobre panel, de Lola Dupré. |
Según Mark Fisher: «Lo raro es un tipo de perturbación particular. Conlleva la sensación de algo erróneo: una entidad rara o un objeto que es tan extraño que nos hace sentir que no debería existir, o que, al menos, no debería existir aquí. Pues si tal entidad u objeto está aquí, las categorías que hasta ahora nos han servido para dar sentido al mundo dejan de ser válidas. Al fin y al cabo, no es que lo raro sea erróneo, sino que nuestras concepciones deben de ser inadecuadas.»
De este modo, podríamos concluir que el Bizarro incluye lo raro, aunque la convención literaria-editorial últimamente se haya empeñado en simplemente oponerlo al weird y el New Weird, pero no se limita a ello. Otro elemento importante del Bizarro es el sentido del humor y el mal gusto, el grotesco, el absurdo.
El grottesco y el mal gusto están íntimamente relacionados con el horror vacui, con la vulgaridad, las estéticas recargadas, el exceso.
Sin embargo, el grotesco moderno, como estética literaria y pictórica, se convirtió en una deformación intencionada de la realidad, a fin de mostrar la fealdad moral o material que se escondía detrás de la cotidianidad. Claros ejemplos de esta técnica los tenemos en el esperpento, adaptación personal y castiza del inabarcable Valle-Inclán, que introducía un carácter aún más carnavalesco y kitsch que expresionista, o Nolde, Ensor, Grosz y Otto Dix, más adeptos al puro expresionismo.
En realidad, al adoptar una actitud crítica y satírica, que se vale de un espejo deformante para reflejar la verdad profunda de las cosas, el grotesco se convierte en una dialéctica. El sujeto que observa no forma parte de aquello grotesco, como puede verse en la famosa obra de Ensor en la que ejecuta su autorretrato entre un mar de máscaras.
Y en esto se diferencia radicalmente el Bizarro, ya que lo bizarro, si bien incluye este elemento de mal gusto, lo celebra sin amargura. El Bizarro no se espanta de lo raro, ni mira por encima del hombro lo corrupto, sino que se integra en ello. El bizarro ha dejado atrás incluso el conflicto por la búsqueda de sentido que se representa en el absurdismo. El bizarro ya se ha pasado el juego y encuentra el sentido en la fealdad, la extrañeza, el sinsentido, lo inverosímil y lo deforme.
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¿Puede ser el Bizarro, con todas estas características, un existencialismo?
Si vamos a la etimología de la palabra, encontraremos que el uso que hasta ahora se ha descrito tiene que ver sobre todo con un falso amigo del inglés, más que con el significado ortodoxo en español. Sin embargo, la historia es más compleja de lo que parece. Si bien, en español, su uso solía tener más que ver con ser valiente, decidido, gallardo y hasta generoso, pues venía a describir la virtud de la virilidad, su origen, bizzarro, era italiano.
El uso español es realmente una perversión del uso original italiano, que venía a ser el de ‘iracundo’, ‘fogoso’ o ‘furioso’, pues venía de bizza, ‘rabieta’ o ‘ira repentina’. Sin ir más lejos, dentro del italiano, y desde que lo utilizara en su sentido estricto Dante en su Divina comedia, el término se fue desviando hacia un ‘irritable’, y así un ‘impredecible’, y de ahí un ‘excéntrico’, de modo que cuando se adoptó en el francés, ya era algo así como ‘extraño’ o incluso ‘raro’.
Con este cóctel de datos, y sabiendo que cuando se instaura el uso de un término resulta infructuoso reformarlo, lo mejor es aceptar su pluralidad,
El sentido de oponerlo al sentimiento apocalíptico de la vida.
El sentimiento apocalíptico de la vida es un existencialismo, como lo fuera el sentimiento trágico unamuniano, por citar otro, o, mejor dicho, es otro nombre para referirse a la angustia existencialista, cuando ésta paraliza con su peso hasta el extremo.
Aquí es donde yo hago el encaje del segundo sentido de bizarro, el español: ‘valiente’, ‘decidido’. El sentimiento apocalíptico de la vida es un umbral perpetuo, determinado por la desidia. La bizarrada aquí es poseer la gallardía de enfrentar la existencia tal como venga. Ahora bien, frente a la hidra de la responsabilidad mal entendida, perfeccionista y neurótica, que es el apocalipsis sentido, conviene oponer una responsabilidad resuelta, no suspendida ni melancólica. Una responsabilidad que se hace cargo de las consecuencias de las acciones, sean estas las que sean.
Ahí es donde lo bizarro como extraño, absurdo, horrendo, entra en escena. Entraña una virtud de bizarría el abrazo del absurdo, la contemplación de la Medusa, y el amor hacia lo extraño. Esto es lo bizarro, la relación lograda con todo eso radicalmente otro que podría ser una amenaza y que, sin embargo, aprendemos a disfrutar.
Porque la cara B del sentimiento apocalíptico, de la angustia paralizante, es el hastío, el vacío, la apatía, el agotamiento, la abulia, el spleen. No siempre la angustia deriva en apatía, por supuesto, y no solo es producida la apatía por la angustia, ya que existen otros caminos por los que llegar a la abulia o el spleen, tales como el hedonismo. Pero nadie puede sobrevivir a su perpetuo ataque de pánico. Consume, desgasta, vacía. Lo bizarro es también lo raro deseado, lo raro celebrado, la curiosidad, la búsqueda, la investigación, la fantasía sin control.
El sentimiento Bizarro de la vida aparece cuando caminamos a la deriva a la hora más oscura, a solas por la ciudad, huyendo del eco de nuestros propios pasos y nuestra respiración, y entonces se produce una chispa de sentido del humor, por el que nos vemos, o vemos cualquier otra cosa que nos saca del ensimismamiento, y nos obliga a darnos cuenta de una nueva ligereza que antes no estaba.
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