Una maldición familiar
Entre los diecinueve y los treinta años sufrí mucho por tener conexión con alguien. Le hablaba continuamente a un otro, a un tú, y lo amaba y deseaba con fervor. Siempre supe que a lo largo de la historia, para muchas mujeres, lo más práctico había sido convertir ese impulso interno en devoción mística, en gracia o piedad. A mí me daba miedo ser como esas mujeres, porque había abrazado al demonio del ateísmo desde que leí con diecisiete años a Nietzsche y había tenido que luchar contra los hombres de la religión de mi madre para ser excomulgada.
A los estados depresivos y suicidas de mi infancia y adolescencia siguieron unos aún más peligrosos, viscosos, sin principio ni fin, bandas de moebius de melancolía. Nada me gustaba más que beber y escuchar jazz triste derrumbada en el suelo de mi cuarto, llorando durante horas. No concebía una vida interesante sin tristeza, la performaba, la gozaba, la esculpía y la hacía cubrirme con su sombra, calzándola con lo que se me ocurriera para que se alzara con vigor a gran altura. Siempre me sentía sola o que me faltaba algo y, cuando superé los primeros años más creativos y fértiles en el dolor, ya me había creído mi máscara, era mi máscara.
Ahí fui dejándome erosionar por una sucesión de amantes y parejas, en base a diversas supersticiones que iba construyendo en mi cabeza, como la edad de los mismos, su sexo, o sus conocimientos académicos. De niña escribí un relato fantástico sobre un personaje, una especie de vampiro de conocimiento, que en sus relaciones sentimentales conseguía absorber toda la sabiduría de su amante. En mi juventud terminé protagonizándolo, aunque de una forma mucho más grotesca que romántica. Pero esa es otra historia. Esta va de que me criaron para desear por encima de todo tener relaciones románticas.
A medida que ampliaba mi círculo social y por este transitaban más y más hombres y con menor nivel cultural, más se repetían ciertos patrones. Hombres de todas las edades me decían que debía darme prisa por emparejarme, ya que las mujeres dejábamos de ser atractivas antes que los hombres. Esto me parecía funesto, no por lo que ellos creían —que conseguirían obligarme a atarme a un varón cualquiera por desesperación—, sino porque, ya que no encontraba a nadie que me gustara genuinamente, si encima lo hacía, era posible que la relación tuviera fecha de caducidad y eso era mucho peor que quedarse para vestir santos.
Ojalá me hubieran enseñado, con palabras, de pequeña, que lo mejor de la vida se vive a solas. Digo con palabras, porque los hechos siempre estuvieron ahí. Las mujeres de mi casta, ahora lo entiendo, tuvieron que convertirse, algunas, en guardianas del amor romántico para disimular su herejía. Esta situación fue permeando en ellas, como brujas a las que arrebatan sus conjuros mágicos y que, aunque conservaran su poder, no supieran utilizarlo. Mi madre es todo un ejemplo de esto. Ha estado soltera toda su vida, prácticamente, y aunque siempre tiene un puñado de pretendientes esforzados alrededor, ella nunca ha sentido la necesidad de rebajarse a estar con ninguno de ellos. Son sus amigos. Está hecha toda una femme fatale. Aunque siempre ha tenido el vivo ideal de estar en pareja, nunca lo ha demostrado con actos. Interpreta a la perfección el rol de una pobre mujer a la que no acompañan las circunstancias, pero que en su intención existe la voluntad de encajar en la norma.
Tener pareja es como tener un coche rojo. Es algo que puedes tener o no, que puedes desear o no, y que te puede gustar o no, pero no es necesario. Según mi psicóloga, yo sentía que un día que terminaba sin que me hubieran besado apasionadamente había sido un fracaso. Estaba en lo cierto. Pasé la veintena solapando relaciones, y a veces simultaneándolas. No tenía miedo de estar sola. Tenía miedo de perder el tiempo.
Solo bajé el ritmo y la intensidad cuando estuve segura de que quería una pareja para toda la vida, esa pareja, la estable, la segura, la aburrida. Esa fue la peor de las fases, porque de repente empecé a tomarme en serio a los demás. Dejé de cosificar a las personas por su carisma, sus talentos, su imagen y su belleza, dejé de sentirla fácil de descartar por pura frivolidad, y me convencí de que si amaba de verdad a alguien, debía ser un alguien escogido y yo debía comprometerme con mi elección. Por suerte, me di cuenta de que esto también había sido un error. La mayoría de las personas no merecen ser tomadas en serio. Son como apisonadoras, máquinas colapsando por lograr alcanzar sus intereses y deseos, sin coherencia, sin ética, desorganizada libidinalmente, así como en lo cognitivo, en sus hábitos, sus proyectos, y pasiones. Si uno se toma en serio esto será tratado como un objeto que interfiere en su trayectoria con violencia, así que cuanto más se esfuerce uno por ser correcto, bondadoso, justo, generoso, racional, con los demás, más repudio recibirá, sobre todo si espera reciprocidad, y no se hunde en la abnegación.
No, ese no era el camino. La calidad de vida empeoró muchísimo durante esos años. Tampoco me sentía capaz de volver a la inocente frivolidad de las relaciones apasionadas y estetas de mi juventud. Ya no sentía deseo por las personas de esa manera. Había visto las costuras, el truco, de todas ellas, y ya no me fascinaban. Si quería hacer, ser, aparentar, imaginar, vivir, aprender, ya podía hacerlo por mí misma, no necesitaba la mediación de ningún pobre espíritu.
En mi familia las mujeres han sido solteras desde finales del sigo XIX, por eso hemos conservado nuestro apellido Guerrero sin mácula durante tantas generaciones. Desde mi tataratía y mi tatarabuela. Solo las descarriadas que han caído en la trampa de atarse a un hombre han sufrido, y han sido objeto de compasión de las demás. Cuando mi psicóloga, de adolescente, habló de esta cuestión de los patrones familiares heredados con mi madre, se refirió a esto como la maldición de las Guerrero. La maldición consistía en que todas acababan teniendo hijos solas, a menudo de padres desconocidos, malos hombres u hombres inconsistentes, y co-criando entre sí en tribus matriarcales. Así que, la psicóloga, en su pretendida modernidad, me sugirió que tal vez yo podía romper la maldición saliendo con mujeres.
Pues bien, tengo treinta y cinco años y todo lo que sé es que creo que hemos jugado, algunas de las nuestras, contra nosotras mismas, y que esa es nuestra verdadera maldición.
Un día, mi diálogo interior se apagó como una vela. Dejé de hablarle, amante, a un tú envuelto en llamas. Dejé de sentir vacío, extrañeza, anhelo. Dejé de sentirme sola. No hice nada para lograrlo, solo ocurrió. Me cansé. Había pasado, años atrás, por una depresión que me sumió en un mutismo, pero que no había conseguido apagar ese demonio que llevaba dentro. Solo había cambiado mi forma de hablar, mi forma de estar en el mundo y de relacionarme con los demás. Ahora el silencio estaba en mi interior.
Siempre he pensado en estructura arborescente: en varios flujos de pensamiento dominantes paralelos, que a su vez se ramifican entre otros flujos menores y que se combinan con los de los flujos adyacentes de los otros flujos dominantes. No lo siento como dispersión o desorden, nunca me ha agotado o confundido esta forma de pensar. Pero el logos siempre era vocativo. La estructura de mi pensamiento seguía siendo la misma, pero ahora se refería a cosas, a lo otro, aquello, a todo, a nada, a lo que hay en el mundo. Había superado mi escisión con el mundo. Ya no era yo, el yo opuesto al tú del mundo, de Dios, del amor. Había llegado a un estadio mayor de psicosis en que por fin el mundo me parecía una circunstancia pasajera que no me importaba demasiado y solo iba a tomar de ella lo que me interesara.
De joven yo y los míos hablábamos de mí, en tono mordaz, como del “director de escena” o el “director de teatro”. Esto se debía a que desde pequeña, a partir de la observación, había aprendido a predecir comportamientos con bastante proporción de aciertos, razón por la cual empecé a sentirme a menudo encerrada en un teatro de guiñol, rodeada de muñecos y autómatas. No me molestaba, solo conllevaba un grado importante de aburrimiento, así que aprendí a sembrar el elemento de disrupción para obligar a la gente a improvisar. No es que controlara a los demás, sencillamente podía organizarles una coreografía para que hicieran lo que iban a hacer igualmente de una manera más divertida.
Con la adolescencia, al introducir la mirada de los otros en mí misma, al tomar consciencia de cómo era mi cuerpo ante la mirada de los demás, todo cambió, y para retomar el control tuve que desarrollar una suerte de personalidad histriónica. Histriónica, no en los modos, sino en el sentido de estar completamente monitorizada. Controlaba, consciente y deliberadamente cada palabra, respiración, músculo de mi cuerpo. De ahí fui desarrollando el concepto de “vivir como en la Comedia dell’arte”: Conocer un esquema base sobre el que improvisar controladamente. Fue el único grado de espontaneidad al que pude llegar. Y no me fue mal, porque, gracias a este férreo autocontrol conseguí volver a tener el control que tenía cuando era una niña en mi entorno, en los “escenarios” sociales.
Algunas de mis parejas odiaban este rasgo mío, porque las hacía dudar de sí mismas. Pensaban que yo podía organizarlo todo para que ellas sucumbieran a mi encanto, pero no era del todo así, porque nunca he deseado limitar la libertad del otro. Si lo hacía, entonces no estaba siendo genuinamente amada. Pero, claro, sí que era cierto que yo tenía un conocimiento de mí misma que me hacía especialmente atractiva para esas personas. Eso era todo.
La relación entre mi visión del mundo como de una obra teatral y de mi subjetividad vertida a la otredad tiene más coherencia de la que podría parecer a simple vista. De algún modo, ambas facetas de mi pensamiento tenían su raigambre en una perspectiva muy subjetivista de la realidad, en la realidad como apariencia, como percepción, en el ser para el otro. Es lo que había quedado de mí. Había ido incubando un nihilismo profundo como una noche oscura sobre la que solo se podían proyectar sombras chinescas con la iluminación adecuada. Pero, como he dicho, esa luz se apagó de un soplido.
Creo que fue el día que decidí ser creyente. Ser creyente es un arte. Mucha gente justifica su estupidez en ser creyente, en sus creencias y prejuicios, en su religión, en sus supersticiones. Del sentido crítico de uno depende el que ser creyente se convierta en un vicio o en una virtud. Da igual si se cree en un Dios, o en otro, en la magia, o en las energías. Lo importante es el Misterio. Cuando decidí construir una fe lo hice con las tecnologías que mi madre y su religión me habían dado. Mi madre es protestante, así que mis herramientas eran bastante psicologistas, compatibles con la razón. Me ha costado algunos años construir mi fe, pero creo que ahora la tengo.
La fe es como un espacio vacío que dejas a la razón para que se airee, para que se ventile y pueda desafiarse y reinventarse sin riesgo de convertirse en una atrocidad que repite errores. Es el espacio en que relativizas tu conocimiento, tu yo, y tu consciencia del mundo. Algunos necesitan de la meditación para aprender eso, otros de las drogas, y a menudo lo que empieza a ser una ventana para ventilar la razón termina convirtiéndose en una ascética, una normativa enjuiciadora, una vigilancia casi militar de la consciencia propia. Es decir, se vuelve estupidez, exactamente igual que pasa con los usos limitantes de la religión, la espiritualidad, las creencias, y las supersticiones.
Lo único que importa es el Misterio. Vístelo como quieras, eres tú el que debe mantenerlo con vida, pero es tu responsabilidad.
Fue esto lo que acabó con el demonio de mi desdoblamiento amoroso. Reenfoqué mi energía hacia la búsqueda de algo interesante, algo que no conociera, y entendí que había estado viviendo según preconcepciones vulgares que no significaban nada en la realidad, en mi realidad inmediata, material, en nada que me ayudara a sobrevivir. Buscar un tú era hacer una pregunta tramposa. El tú que ha sido Dios, el tú que ha sido el amor romántico, el tú que es la ilusión de conocimiento, todo ello, es una trascendencia sodomizada.
Y así es como rompí con la maldición familiar.
Romper la maldición familiar ha sido conquistar la paz mental. Devolver a nuestra casta el poder de existir sin tener que justificarse o falsear nuestra verdad. Romper la disonancia entre materia y verbo, poder conjurar la vida. Vivir fuera de la norma no solo sintiéndonos libres y orgullosas, sino pudiendo transmitirnos entre nosotras ese sentido de orgullo para evitarnos el sufrimiento y la confusión gratuitos que conlleva negarse a uno mismo. Nadie merece estar maldito por no seguir caminos trazados por los demás. De hecho, seguirlos es en sí la única maldición, porque siempre son imposibles. Las circunstancias siempre son concretas y, domesticarlas, hacerlas pasar por el aro de un ideal, siempre implica falsear la realidad. Nadie puede tener control absoluto sobre los demás, sobre el mundo, sobre lo que queda cuando todo ha sido arrasado. No se puede escoger honradamente tener pareja, ni vivir en la abundancia, o cumplir ciertas funciones sociales. Esta es la única verdad, la libertad siempre es limitada, aceptar la realidad tal como viene y jugar con ella es la única libertad que se tiene hasta la muerte. Imponerse alcanzar determinados objetivos es vivir en neurosis.
La maldición de mi familia nunca tuvo nada que ver con que las mujeres fueran solteras. Eso eran las circunstancias. Cada una tenía la suya particular, y todas tenían en común lo mismo que tenían con otras mujeres. La libertad de las mujeres de mi familia siempre se ha concretado en la valentía de preferir ser marginada socialmente que tener que vivir sometidas a la voluntad de un hombre. Las primeras huyeron de un patriarca terrible y de un contexto rural en el que se practicaba una crueldad sin límites con las chicas jóvenes. Tuvieron la vida interesante que consiguieron labrarse en con lo que había. Una pasó a formar parte de una familia de intelectuales, médicos, artistas, y la otra sobrevivió como pudo, teniendo hijas con diferentes hombres, incluso a una edad avanzada, y no dejándose chantajear por ninguno de ellos. Sus hijas, a su vez, también vivieron como quisieron, dentro de lo que había. Mi bisabuela, Cata, fue especialmente individualista y un ejemplo para todas las mujeres que tuvo a su alrededor, sus hijas, sus sobrinas, sus hermanas, con las que vivió sin deberle explicaciones a los hombres. Su reputación se la ganó con inteligencia y trabajo, quien la respetaba la respetaba porque la temía o porque la admiraba, pero nunca por un hombre.
Curiosamente, el relato romántico ha sido mayor en la segunda mitad del siglo XX. Fue a partir de ahí que se convirtió en algo más que una anécdota emocionante para muchas mujeres, como las de mi familia. Antiguamente el matrimonio era un trabajo, una función socioeconómica. No hacía falta amar a nadie. Fue más tarde que se construyó la fantasía de que, para colmo, una debía amar apasionadamente para ser una mujer de verdad. Cuando las normas sociales se relajan, solo es posible volver a someter a las masas convirtiéndolos en perfeccionadores de su propia opresión. Fue ahí cuando en mi familia, realmente, la lucha por la autenticidad, la libertad y la honestidad fue desplazada por el imperativo de desear tener a un hombre bueno al lado. Tal vez aquella psicóloga que tuve durante la adolescencia pudo diagnosticar que había algo, pero no supo diagnosticar qué y con ello complicó el acertijo.
La maldición, ya lo tengo claro, y sé que incluso mi madre, a sus cincuenta años por fin lo sabe también, como lo sabe en realidad mi hermana, aunque aún le quede camino por hacer, consiste en olvidar que conjurábamos desde la ironía. Hablábamos el lenguaje del mundo queriendo decir lo contrario, con una mueca provocadora y la burla por bandera. Decíamos que íbamos por buen camino y que terminábamos por perdernos, cuando en realidad nos adentrábamos en el bosque, a la aventura, por voluntad propia. Y nos reíamos si la sociedad nos maldecía, porque el mal de ojo es una superchería de animales domesticados, un cuento de viejas.
