Morir solo
Fantaseo con un hecho generacional que consistiera en el deseo de morir solo.
La mejor muerte deseable, en este sueño mío, es una muy pacífica, menos aburrida que la existencia que la precede, indolora, y sin angustia. «Te vas a morir solo» de repente ya no es un severo vaticinio de alguien que detesta a un semejante, sino un buen augurio, y hasta un bonito saludo.
El «Que vaya bien» de este futuro posible es ahora un «Ojalá mueras solo» o «Que la muerte te encuentre a solas», en su versión más extendida y barroca.
Es el deseo de una generación que ha integrado tanto nihilismo que no estructura su lenguaje en torno a relaciones de gracia, y que ya no siente tristeza en su desvínculo.
Morir solo en esta elucubración mía se me antoja como un nacimiento sin nada que alumbrar, porque no hay madre otra que la oscuridad de la conciencia. Un vacío cálido al que te entregas sin llanto, porque el llanto es patrimonio de los vivos. En ese último aliento vulnerable, te cae en suerte la bondad de que nadie te robe tu último pensamiento, tu último ejercicio de voluntad, justo antes de que hasta ella misma se despegue de ti. Nadie te daña, ni siquiera puede herirte la ausencia, porque has aprendido a desear la muerte solitaria, meditativa.
Morir solo, como hecho que solo acontece ante un único testigo que no sobrevive para contarlo casi parece una fantasmagoría, una manera de no morir muriendo para la eternidad.
Dicen que vivimos en la memoria de los que quedan, pero lo cierto es que son los que quedan los que nos categorizan como no vivos a los muertos. Son los que quedan los que deciden si debemos perdurar en la memoria, aniquilarnos del todo, reconocer o no nuestro cadáver, salvar nuestra alma. Ni en la muerte tenemos potestad sobre nosotros mismos. Pues bien, en esta fantasía mía, uno va metiendo en categorías de no vivo a quienes no merecen velarle, en ataúdes de olvido y apatía, y se despide de todos para dedicarse a celebrar el final de su vida por todo lo alto, hasta desfallecer de alegría justo antes de abandonarse a su eternidad.
Mi fantasía acaba abruptamente.
Me quedo en blanco.
Siento tanto vacío que todo lo que he imaginado podría ser realidad, podría estar muerta ahora mismo. Sin embargo, es indudable que estoy viva. Lo sé porque aún podría, si quisiera, sacar de su ataúd a muchos de mis muertos, y porque aún me quedan muchos vivos por matar hasta liberarme de su yugo perceptivo. Y esa angustia, esa espesa melancolía que impregna mi desidia, no hay duda, es el signo inextinguible de mi existencia.
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