BLATTARIA





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…Estoy buscando, estoy buscando. Intento comprender. Intento dar a alguien lo que he vivido y no sé a quién, pero no quiero quedarme con lo que he vivido. No sé qué hacer con ello, tengo miedo de esa desorganización profunda. Desconfío de lo que me ocurrió. ¿Me sucedió algo que quizá, por el hecho de no saber cómo vivir, viví como si fuese otra cosa? A eso querría llamarlo desorganización, y tendría yo la seguridad para aventurarme, porque sabría después a dónde volver: a la organización primitiva. A eso prefiero llamarlo desorganización, porque no quiero confirmarme en lo que viví: en la confirmación de mí perdería el mundo tal como lo tenía, y sé que no tengo capacidad para otro. 

[...] He perdido algo que era esencial para mí, y que ya no lo es. No me es necesario, como si hubiese perdido una tercera pierna que hasta entonces me impedía caminar, pero que hacía de mí un trípode estable. He perdido esa tercera pierna. Y he vuelto a ser una persona que nunca fui. He vuelto a tener lo que nunca tuve: solo dos piernas. Sé que únicamente con dos piernas es como puedo caminar. Pero la ausencia inútil de la tercera me hace falta y me asusta; era ella la que hacía de mí algo hallable por mí misma, y sin necesitar siquiera inquietarme por ello. 

[...] en mi nueva cobardía, que es como despertarse por la mañana en casa de un desconocido, no sé si tendré valor para simplemente marchar. [...] Ayer, sin embargo, perdí durante horas y horas mi montaje humano. [...] quiero siempre tener la garantía de, al menos, pensar que entiendo, no sé entregarme a la desorientación. 

[...] desilusión, ¿de que? [...] Tal vez la desilusión sea el miedo a no pertenecer más a un sistema. A pesar de ello, se debería decir así: él es muy feliz porque finalmente se desilusionó. Lo que yo era antes no era bueno para mí. Pero de ese no-bueno yo había organizado lo mejor: la esperanza. De mi propio mal había creado un bien futuro. 

[...] Más como adulto, ¿Tendré el valor infantil de perderme? Perderse significa ir hallando y no saber qué hacer con lo que se va descubriendo. [...] No sé qué hacer con la aterradora libertad que puede destruirme. [...] Y tal vez solo la reflexión me salvase: temo la pasión. 

Ya que tengo que salvar el día de mañana, ya que debo tener una forma, [...] Ya que fatalmente sucumbiré a la necesidad de forma que procede de mi pavor de permanecer sin límites, entonces al menos que tenga yo el valor de dejar que esta forma se forme enteramente sola como una costra que por sí misma se endurece, la nebulosa de fuego que, enfriándose, se convierte en tierra. 

[...] No comprendo lo que he visto. Y ni siquiera sé si he visto, ya que mis ojos han terminado por no distinguirse de la cosa vista. Sólo con un inesperado temblor de líneas, sólo gracias a una anomalía en la continuidad ininterrumpida de mi civilización, experimenté, por un instante, la vivificadora muerte. 

[...] Toda comprehensión repentina se parece mucho a una intensa incomprehensión. No. Toda comprehensión intensa es finalmente la revelación de una profunda incomprehensión. 

[...] He visto. Sé que he visto porque nada de lo que he visto tuvo sentido para mí. Sé que he visto, porque no entiendo. Sé que he visto, porque para nada sirve lo que vi. Escucha, es preciso que hable porque no sé que hacer de lo que he vivido. Peor aún: no quiero lo que he visto. 

[...] Entregarme a lo que no entiendo será como colocarme en los límites de la nada. Será como avanzar sin avanzar apenas, y como una ciega perdida en el campo. Esa cosa sobrenatural que es vivir. El vivir que yo había domesticado para volverlo familiar. 

[...] El horror será responsabilidad mía hasta que se complete la metamorfosis y el horror se transforme en luz. No la luz que nace de un deseo de belleza y moralismo, como antaño, cuando no sabía lo que me proponía; sino la luz natural de lo que existe, y es esta luz natural lo que me aterra. Aunque yo sepa que el horror, el horror soy yo ante las cosas. 

[...] solo el amor de todo el universo por mí podría consolarme y colmarme, solo un amor tal que la célula primera misma de las cosas vibrase con lo que estoy denominando un amor. De lo que, en verdad, apenas llamo pero sin saber su nombre. 

Lo que he visto, ¿será el amor? Mas ¿Qué amor es ese tan ciego como el de una célula primera? ¿Fue eso? ¿Aquel horror, eso era amor? 

[...] Siento que una primera libertad se apodera poco a poco de mí…Pues nunca hasta hoy he temido tan poco la falta de buen gusto [...] El primer placer tímido que siento es el de constatar que he perdido el miedo a lo feo. Y esa pérdida es de una bondad tal…Es una dulzura. 

[...] Sé que todo lo que estoy diciendo es solo para ganar tiempo, para retrasar el momento en que tendré que comenzar a decir, sabiendo que nada más me queda por decir. Estoy aplazando mi silencio. ¿Es retrasado toda la vida el silencio? Pero ahora, por desprecio la palabra, tal vez pueda por fin comenzar a hablar. 

[...] He visto, y me ha asustado la verdad desnuda de un mundo cuyo mayor horror es que está tan vivo que, para admitir que estoy tan viva como él –y mi peor descubrimiento es que estoy tan viva como él–, tendré que elevar mi conciencia de vida exterior hasta el punto de atentar contra mi propia vida. [...] para mi sólida moralidad de antaño, el haber descubierto que estoy tan crudamente viva como esa cruda luz que ayer aprendí a conocer, para aquella moralidad mía, la gloria terrible de estar viva es el horror. [...] Es que un mundo totalmente vivo tiene la fuerza de un infierno. 

[...] Aquella mañana, antes de entrar en la habitación, ¿Qué era yo? Era lo que los demás siempre me habían visto ser, y así me conocía yo. 

[...] mi última y tranquila relación afectiva acababa de terminar de manera amistosa con una caricia, recuperando, de nuevo, el gusto ligeramente insípido y feliz de la libertad. 

[...] Voy a vencer mis últimos temores ante el mal gusto, voy a comenzar mi ejercicio de valentía, vivir no es valentía, la valentía es saber que se vive, [...] 

También para mí denominada vida interior he asumido, sin sentir, mi reputación: me trato como las personas me tratan, soy aquello que los demás ven de mí. [...] necesito tener el campo libre de mí para poder avanzar [...] Necesito ver libre de mí para ver. 

[...] Lo que vivía en el presente se condicionaba ya para que pudiese yo ulteriormente entenderme. Un ojo vigilaba mi vida, y ese ojo era probablemente lo que yo llamaba ora verdad, ora moral, ora ley humana, ora Dios, ora yo. Vivía yo de tal suerte dentro de un espejo. Dos minutos después de nacer había perdido ya mis orígenes. 

[...] Yo era la imagen de lo que no era, y esa imagen del no ser me colmaba por completo: uno de los modos más fuertes de ser es ser negativamente. Como no sabía yo lo que era, entonces “no ser” era mi acercamiento principal a la verdad: al menos, tenía el otro lado: al menos tenía el “no”, tenía mi opuesto. No sabía cuál era mi bien, así que vivía con un cierto pre-fervor lo que era mi “mal”. 

[...] Ese modo de no ser era muchísimo más agradable, muchísimo más limpio: pues, sin estar siendo ahora irónica, soy una mujer de espíritu. 

[...] No tener aquel día ningún asistenta iba a ofrecerme el tipo de actividad que deseaba: el de poner orden. Supongo que esta es mi única vocación verdadera. Ordenando las cosas, creo y entiendo al mismo tiempo. Pero, mediante dinero razonablemente bien invertido, he logrado poco a poco un cierto bienestar, lo que me ha impedido realizar esa vocación: si no perteneciese por dinero y por cultura a la clase a la que pertenezco, habría trabajado seguramente de criada en una gran casa de gente rica, donde hay mucho que ordenar. Ordenar es buscar la mejor forma. Habría sido criada-asistenta, y ni siquiera habría necesitado mi afición por la escultura si con mis manos hubiese podido ordenarlo todo. 

[...] Al lado de mi rostro introducido por la abertura de la puerta, muy cerca de mis ojos, en la semi oscuridad, se había movido una cucaracha enorme. Mi grito fue tan ahogado, que solo por el silencio contrastante me di cuenta de que no había gritado. El grito se había quedado golpeando dentro del pecho. [...] 

Por su lentitud y su tamaño, debía de ser una cucaracha muy vieja. En mi arcaico horror por las cucarachas había aprendido a adivinar, incluso a distancia, su edad y sus peligros; 

[...] Lo que siempre me había repugnado de las cucarachas es que eran obsoletas y, sin embargo, actuales. Saber que ellas ya vivían sobre la Tierra, e iguales que hoy en día, antes incluso de que hubiesen aparecido los primeros dinosaurios, saber que el primer hombre ya las había encontrado proliferantes y arrastrándose, saber que habían sido testigos de la formación de los grandes yacimientos de petróleo y carbón del mundo, y allí estaban durante el gran avance y después durante el gran retroceso de los glaciares, la resistencia pacífica. Yo sabía que las cucarachas resistían más de un mes sin alimento o agua. Y que hasta de la madera hacen una sustancia nutritiva aprovechable. Y que, incluso después de pisadas, recuperaban lentamente su forma y seguían caminando. Incluso congeladas, al descongelarlas proseguían la marcha… Hace trescientos cincuenta millones de años que se reproducían sin transformarse. [...] ¿Cuál es el único sentimiento de una cucaracha? La atención para seguir viva, inextricable de su cuerpo. 

[...] El miedo enorme me perturbaba toda. [...] me sentía por vez primera toda habitada por un instinto. Y me estremecí de gozo extremo, como si por fin estuviese fijándome en la grandeza de un instinto que era ruin, total e infinitamente dulce, como si por fin experimentase, y en mí misma, una grandeza mayor que yo. Me embriagaba por vez primera con un odio tan limpio como de una fuente, me embriagaba con el deseo, justificado o no, de matar. 

[...] Una rapacidad totalmente controlada se apoderó de mí, y, por ser controlada, era toda potencia. [...] Pero fue entonces cuando vi la cara de la cucaracha. [...] Era un rostro sin contorno. Las antenas salían como bigotes de los lados de la boca. La boca marrón estaba bien delineada. Los finos y largos bigotes se movían lentos y secos. Sus ojos negros facetados miraban. Era una cucaracha tan vieja como un pez fósil. Era una cucaracha tan vieja como la salamandras, las quimeras, los grifos y los leviatanes. Era tan antigua como una leyenda. Miré la boca: allí había una boca real. 

[...] Y he aquí que descubría que, pese a parecer compacta, está formada por capas y capas pardas, finas como las de una cebolla, como si cada uno pudiese ser levantada con la uña y, sin embargo, apareciese siempre otra, y otra más. Tal vez las capas fuesen las alas, pero entonces ella debía de estar hecha de capas y capas finas de alas comprimidas hasta formar aquel cuerpo compacto. 

[...] La cucaracha no tiene nariz. La miré, con aquella boca suya y sus ojos: parecía una mulata agonizante. Pero los ojos eran negros y estaban radiantes. Ojos de novia. Cada ojo en sí mismo parecía una cucaracha. El ojo, franjeado, oscuro, vivo y desempolvado. Y el otro ojo idéntico. Dos cucarachas incrustadas en la cucaracha, y cada ojo reproducía la cucaracha entera. 

[...] Lo que he visto con una compulsión tan penosa, espantosa e inocente, lo que he visto era la vida mirándome. Como llamar de otro modo a aquella cosa horrible y cruda, materia prima y plasma seco, que estaba allí, mientras yo retrocedía hacia dentro de mí con una náusea seca, yo cayendo siglos y siglos dentro de un lodo, era lodo, y ni siquiera lodo ya seco, sino lodo aún húmedo y aún vivo, era un lodo donde se revolvían con lentitud insoportable las raíces de mi identidad. 

[...] Aguardé a que pasase la extrañeza, a que volviese la salud. Pero reconocía, en un esfuerzo inmemorial de memoria, que ya había sentido esa extrañeza: era la misma que sentía cuando veía fuera de mí mi propia sangre, y me extrañaba. Pues la sangre que veía fuera de mí, aquella sangre me extrañaba y me atraía: era mía. 

[...] La cucaracha es pura seducción. Cilios, cilios pestañeando que llaman. 

También yo, que poco a poco me estaba reduciendo a lo que en mí era irreductible, también yo tenía millares de cilios pestañeando, y con mis cilios avanzo, yo, protozoo, proteína pura. Aferra mi mano, he llegado a lo irreductible con la fatalidad de un doble; [...] La vida, amor mío, es una gran seducción donde todo lo que existe se seduce. [...] Yo había llegado a la nada, y la nada era viva y húmeda. [...] La vida es tan continua, que nosotros la dividimos en etapas, y a una de ellas la denominamos muerte. 

[...] La cucaracha con la materia blanca me miraba. No sé si me veía, no sé lo que veo una cucaracha. Pero ella y yo nos mirábamos, y tampoco sé lo que ve una mujer. Pero sus ojos no me veían, la existencia de ella existía en mí; en el mundo primario donde yo había entrado, los seres existen unos en los otros como modo de verse. Y en ese mundo que yo estaba conociendo, hay varios modos que significan ver: un mirar al otro sin verlo, un poseer al otro, un comer al otro, un apenas estar en un rincón y que el otro esté allí también: todo eso también significa ver. La cucaracha no me veía directamente, estaba conmigo. La cucaracha no me veía con los ojos sino con el cuerpo. 

[...] La cucaracha es un ser feo y brillante. La cucaracha está al revés. 

[...] la vida estaba aconteciendo de día. Innegable y para ser contemplada. A menos que yo desviase la mirada. Y yo aún habría podido apartar la mirada. –Pero es que el infierno ya se había apoderado de mí, amor mío, el infierno de la curiosidad malsana. Estaba vendiendo ya mi alma humana, porque ver ya había comenzado a consumirme de placer, vendía mi futuro, vendía mi salvación, nos vendía. 

[...] De morir, sí, yo sabía, pues morir era el futuro y es imaginable, y para imaginar siempre había tenido tiempo. Pero el instante, este instante –la inmediatez– no es imaginable, entre la actualidad y yo no hay intervalo: es ahora, en mí. –Comprende, morir yo lo sabía de antemano y morir no se me exigía aún. Pero lo que nunca había experimentado era el encuentro con el momento llamado «ahora». Hoy me exige hoy mismo. Nunca antes había sabido que la hora de vivir tampoco tiene palabra. [...] La hora de vivir es tan infernalmente inexpresiva que es la nada. Aquello que yo llamaba «nada» estaba, no obstante, tan pegado a mí que era… ¿yo? Y, por tanto, se volvió invisible como yo lo era para mí misma, y se convertía en la nada.

[...]La cucaracha no tiene nariz. La miré, con aquella boca suya y sus ojos: parecía una mulata agonizante. Pero los ojos eran negros y estaban radiantes. Ojos de novia. Cada ojo en sí mismo parecía una cucaracha. El ojo, franjeado, oscuro, vivo y desempolvado. Y el otro ojo idéntico. Dos cucarachas incrustadas en la cucaracha, y cada ojo reproducía la cucaracha entera.[...] Lo que he visto con una compulsión tan penosa, espantosa e inocente, lo que he visto era la vida mirándome.

Cómo llamar de otro modo a aquella cosa horrible y cruda, materia prima y plasma seco, que estaba allí, mientras yo retrocedía hacia dentro de mí con una náusea seca, yo cayendo siglos y siglos dentro de un lodo, era lodo, y ni siquiera lodo ya seco, sino lodo aún húmedo y aún vivo, era un lodo donde se revolvían con lentitud insoportable las raíces de mi identidad.[...]Aguardé a que pasase la extrañeza, a que volviese la salud. Pero reconocía, en un esfuerzo inmemorial de memoria, que ya había sentido esa extrañeza: era la misma que sentía cuando veía fuera de mí mi propia sangre, y me extrañaba. Pues la sangre que veía fuera de mí, aquella sangre me extrañaba y me atraía: era mía.[...]La cucaracha es pura seducción. Cilios, cilios pestañeando que llaman.También yo, que poco a poco me estaba reduciendo a lo que en mí era irreductible, también yo tenía millares de cilios pestañeando, y con mis cilios avanzo, yo, protozoo, proteína pura. Aferra mi mano, he llegado a lo irreductible con la fatalidad de un doble; [...] La vida, amor mío, es una gran seducción donde todo lo que existe se seduce.

[...]Yo había llegado a la nada, y la nada era viva y húmeda.[...] La vida es tan continua, que nosotros la dividimos en etapas, y a una de ellas la denominamos muerte.[...]La cucaracha con la materia blanca me miraba. No sé si me veía, no sé lo que ve una cucaracha. Pero ella y yo nos mirábamos, y tampoco sé lo que ve una mujer. 







 


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