Hermenéutica de whatsapp
La grandilocuencia, la sintaxis quebrada, la cercanía fuera de lugar, mi inclusión en sus plurales en primera persona contra el mundo y todo lo demás, la autoconsideración de «genio», la desesperada necesidad de hacer conexiones imposibles entre referencias que rondaran su cabeza, ya me dieron la pista de que no iba a funcionar. A menudo leerlo me irritaba. Pero ponía tanto empeño que quise darle la oportunidad. Nunca se sabe cuándo se tiene a un pobre niño-rata con pocas habilidades sociales delante. Los niños-rata son entrañables, aunque impactantes al principio. Al final le di luz verde. ¿Qué podía pasar?
Lo primero que me molestó fueron los descarados monólogos. La brevedad que imponen las redes sociales disimulaban este defecto. La interacción directa destapó un sentido muy socavado del decoro. Sin contexto y sin comprobar una reciprocidad básica, empezaba a divagar sobre algún delirio suyo, sin aclarar nada, sin incluir al otro, y sin seguir orden alguno, ni tan siquiera el que exige la gramática. Se hacía necesario un auditorio imaginario ante el que exponer como misterios del universo las más íntimas cuitas, a menudo regadas de nombres propios de personas y cosas, o conceptos rimbombantes con la misma consistencia con la que un niño que acaba de aprender una palabra empieza a repetirla para apropiársela. Por empatía y educación me sentía secuestrada durante horas prestando atención a una historia por la que no había preguntado y que no me aportaba nada en absoluto.
Fíjate qué interesante. Y procedía a relatar sus morbosas peculiaridades, su interioridad más blanda, su tuétano sentimental. ¿Por qué tendría que parecerme interesante aquel comentario que te hiciera tu ex al principio de vuestra relación? ¿Por qué habría de interesarme si crees que te quería o no? Te acabo de conocer y ya presupones que tu existencia es el centro de mi universo, creo que eso va más allá de un narcisismo común. Días duró aquello hasta que decidí contraatacar saltando, in media res, con alguna historia mía, algún monólogo personal mío, que nadie me hubiera demandado, como quien sufre de una perforación mental que dejara escapar el flujo de consciencia fresco y coleando. Lo acorralé con su propio mecanismo. No sabía cómo corresponderme y se iba por la tangente o contestaba sin entusiasmo.
Lo segundo que empezó a sacarme de quicio fue su escasez comunicativa: no solo monologaba y era poco considerado o incluso maleducado, avasallador, sino que además hablaba juntando palabras por su sonoridad, como quien saca de un sombrero dadá palabras al azar, acumulando frases y frases en suspenso, sin hilar una subordinada, frases que podían ser perfectamente sintagmas nominales con nombres, referencias pseudo cultas o de temas específicos que no venían a cuento, o bien omisión de los sujetos en audios enteros de siete minutos. ¿De quién hablas, querido, de extraterrestres? ¿De minions? ¿Del Gran Otro? Era evidente que estaba perdido, desorganizado, incapaz de construir ninguna estructura que no se basara en la yuxtaposición más infantil, su lenguaje rozaba la lista solipsista de ítems que le sonaban de algo. Las palabras, por qué no, las usaba según su sentido íntimo, sin atender lo más mínimo a la convención que hace posible la comunicación a través de un código pactado que es el lenguaje.
Y si lo confrontabas, el silencio, la evasión, el sarcasmo o la fuga. Si le preguntabas en qué sentido estaba usando una palabra, se molestaba. Si le pedías que fuera un poco más claro o que resumiera, que organizara lo que quisiera decir, incluso aunque le ofrecieras propuestas como a un pobre niño disminuido, huía. Si opinabas sobre un tema sobre el que llevaba horas dando la brasa y sobre el que nadie le había solicitado exposición, se rebotaba.
Por lo menos en tres ocasiones llegué a transcribir sus audios. Intenté corregirlos, darles una forma gramatical que permitiese su lectura. Se los pasé a las IA para que me dieran su interpretación, como si fueran mini Biblias insertas en galletitas de la suerte. Y acababan tan perdidas como yo. El truco era insertar referencias medio cultas para enmascarar con petulancia su falta de inteligencia de las cosas, lo chato y desactualizado de su punto de vista, tal vez el embotamiento neuronal, o la falta de ideas propias. Era un ejercicio constante de irresponsabilidad y falta de humildad. Y resultaba aún más ridículo cuando lo hacía con referentes que conozco sobradamente y que se esforzaba por meter con calzador en sus intervenciones. Si no era eso, soltaba frases en alemán o en francés, sabiendo que mi desconocimiento de esos idiomas me dejaban al margen de su orgía egótica, y sin siquiera la capacidad de corregirle su payasada.
Toda su maestría, aunque él se autodiagnostica de y se da el apelativo de «genio» -qué vergüenza, un clarísimo ejemplo de Dunning-Kruger- consiste en la ocultación. La ocultación de conexiones lógicas, para que no se note lo disparatado de sus derivas, la ocultación del idioma, para que no se note su incompetencia lingüística, la ocultación del origen de sus referencias, para que no se note que no tiene lecturas frescas y que más bien es un pobre hombre en ruinas que ni se preocupa por contrastar lo que dice antes de soltar sus gazapos, la ocultación de sus intenciones con pasivo-agresividad, la ocultación de los sentidos que da a las palabras, para que no se note que desconoce el uso riguroso de las acepciones de las mismas, etc. Todo un fantoche.
Al final entendí que siempre estaba en pugna por controlar la conversación. Pero hasta ese momento sentí mucha rabia. Fueron momentos y momentos acumulados de rabia y tensión, que es lo que causa una persona sin honestidad intelectual y completamente vendida a su ego, fanática de quedar por encima a toda costa sin el más mínimo límite, aunque solo sea por buen gusto. ¿Cómo era posible que estuviera dedicándome a transcribir, corregir, traducir, contrastar, analizar, reestructurar, etc. todo lo que decía esta persona porque no era capaz de hablar con sinceridad y sin irse por los cerros de Úbeda?
Lo último que le dije fue una pregunta. Él se había liado a hablar en un audio interminable que no iba a ninguna parte y que más bien parecía una embolia en directo. Mi pregunta fue muy sencilla, muy clara. Él quiso cambiar de tema, como hace siempre que se ve acorralado después de uno de sus numeritos de prestidigitación, preguntándome sobre un tema personal, algo cotidiano que no guardaba relación con la conversación que estábamos intentando mantener. Y fue ahí cuando decidí no ceder más. Lo quité de redes sociales y archivé la conversación.
Él dice que es fácil de tratar, que no es problemático. ¿Por qué alguien diría eso de sí mismo? Y a la vez dice que suele despertar hostilidad y que está acostumbrado a no caer bien. Pero en lugar de preguntarse a qué puede deberse esto, usa ambos argumentos, el de la facilidad de trato y el de ser impopular, para llegar al mismo punto: él no tiene responsabilidad ninguna. Si no lo entiendes, es que eres inferior, no que se le note una quincena de dejadez intelectual profunda. Si no te cae bien, es que él despierta hostilidad por lo especial que es, no que sea un engreído con nulas dotes comunicativas. Por no mencionar temas más personales y peliagudos que lo hacen una compañía de dudosa calidad.
Escribo esta nota a modo de estallido de pus. Me he petado un grano del culo y necesitaba soltar todo lo que he estado callando por educación. Por suerte tengo la madurez de hacer volar por los aires estas situaciones en poco menos de un mes de conversación, pero tuve épocas en mi vida en que personas así podían marearme hasta hacerme mucho daño. La experiencia ha quedado en unas cuantas conversaciones con alguien que no sabe hablar con seres humanos y que mata todo interés, pero sé y reconozco al tipo de persona que te envuelve con su mezcla de vulnerabilidad dependiente enmascarada y su narcisismo o egomanía operativos. Y yo ya tengo el método muy pulido.
Primero se comen dos o tres límites míos como si mordieran limones, pero después solo soy hielo que mascar para ellos.

