He echado la persiana


Llevo unas semanas sin poder dormir prácticamente nada, el malestar físico es horrible. La cabeza no me funciona. Estoy en cortocircuito total. De la apatía habitual me sacan alucinaciones y regresiones terroríficas. Ideación suicida disparada, nivel verme a mí misma desde afuera haciendo intentos cada vez más grotescos, de los que hace unos años no se me podían pasar por la cabeza. 

Me termino de quemar estudiando una asignatura del grado de administrativo que está planteada para 2016 y desacomplejadamente deja fuera la mitad de los contenidos de los que nos examinan, por sistema. La saco en pleno burn out, la saco sin poder, colapsando. 

Quince días de migrañas continuas. Temblores constantes, espasmos, vómitos, diarrea, taquicardia, caída del cabello extrema, entre otro montón de síntomas que me dicen que a lo mejor no supero mi problema con la rodilla. ¿Cómo es posible que una persona se muera por un problema en la rodilla? Es que he vivido tanto tiempo en un precario equilibrio, que todo se me desmorona. 

Soy incapaz de leer, me bailan las letras, me salto de línea, repito la línea, me pierdo entre manchas blancas. Peor aún en la pantalla, pero me pasa incluso con los libros físicos. No puedo escribir, no puedo hacer nada. Me quedo bloqueada mirando cualquier cosa que me exija un mínimo de concentración. Veo películas sencillas, las que podría ver en mi adolescencia cuando nos llegó el TCM clásico. Melodramas de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, y la filmografía de Barbra Streisand. 

Llega un momento en que ni eso puedo. Me pego dos atracones de comida basura y ni siquiera siento el sabor, estoy completamente muerta. Me da igual comer que no comer. Me planteo seriamente matarme, pero siento que no puedo, que justo ahora que he vuelto a tratar con mi madre y que sé que está en una situación tan mala con mi hermana sociópata y mi sobrina, no puedo hacerlo. Pienso en mi gata, y tampoco puedo. Ella es la trampa que me ha mantenido viva desde 2014. 

Pero no puedo ni moverme, me duele todo el cuerpo, no puedo girarme sobre mí misma en la cama. No puedo dormir, no puedo estar despierta. Tengo la memoria bloqueada, no recuerdo nada, solo me vienen ráfagas muy antiguas de recuerdos horribles. Estoy desorientada todo el día. 

Todavía no me he autolesionado. Las autolesiones, cuando aprendí a controlar la ansiedad, dejaron de parecerme convincentes, las veo demasiado teatrales y luego son poco contundentes, solo algo más con lo que tienes que lidiar y que has de mantener limpio y andar curando. Bebí vino y ni así conseguí dormir. Creo que voy a morirme. 

Tengo cita con la doctora, pero ya sé cuál es la respuesta del sistema sanitario a estas situaciones: atiborrarte sin ton ni son a pastillas. Yo ya las tomé todas en su día y me hicieron pasar de un problema psicológico de híper vigilia que tengo desde la infancia, a una narcolepsia secundaria. Me fundieron el cerebro. Desde la infancia he probado todos los remedios naturales que existen, porque mi madre siempre ha sido muy aficionada a ellos. Nada me sirve. Confiaba en el alcohol, y se ve que ya ni siquiera esto va a funcionarme. Creo que voy a morirme. 

Es curioso, me desasosiega morirme, pero no suicidarme. Otra fantasía mía de control. 

De sobra sé que no van a ayudarme. Llevo toda la vida visitándome con psicólogos y psiquiatras de todo tipo. La gran mayoría solo ha contribuido al descontrol y a destrozarme aún más la vida. Por eso, cuando estoy mal, tengo por principio jamás recurrir a profesionales, ya que en momentos delicados es cuando más daño pueden hacerte. Tengo que salir sola, como siempre he hecho. Yo solo salgo así. 

Me quiero dejar morir, no hacer nada, pero sé que eso me va a llevar a estar peor. Sé que los discursitos de autoayuda de redes suele incluir el parar, y todo eso, pero porque en realidad se refieren a personas en burn out, no en depresión mayor. Sé lo que es el burn out y sí, requiere “dejarse morir” un tiempo, parar un poco. Pero la depresión mayor es como un cáncer, si le cedes espacio, si te quedas quieto, si te paras, arrasa contigo. 

Ya perdí el habla, no quiero llegar a ese punto otra vez. A no poder moverme ni para ir a mear. No me lo puedo permitir, porque esta vez no tengo a una persona a mi lado velándome mientras yo estoy en un proceso de regresión de semana y media. Voy por la casa a oscuras. Meo a oscuras, cojo fruta del mueble a oscuras, bebo a oscuras, echo la persiana y me meto debajo de la manta sin hacer nada, a oscuras. No soporto la luz, me hace daño físico. 

Estar escribiendo esto es casi un milagro para mí. Tal como he estado, sobre todo los últimos tres o cuatro días, que no podía hacer nada. En mi trance medio sonámbulo me he puesto a repasar mis planes de emergencia. Me he puesto a hablar con mi yo de veinticinco, de veintisiete, de treinta. Les he preguntado qué hacía yo para salir a flote. 

Me han dicho, acuérdate que cuando no puedes mantenerte con nada, ni siquiera tus básicos, solo te quedan dos o tres opciones, poco margen de maniobra, y tienes que aprovecharlo estratégicamente.

El margen:  

1. La obligación. 

Es más difícil cuando no tienes la rutina del trabajo. Mi trabajo me ha salvado siempre porque me cansaba mucho físicamente (yo no estoy hecha para un trabajo de oficina), me mantenía ocupada y físicamente activa. 

Pero, al menos en abstracto, tienes que buscar un asidero con la realidad. Una responsabilidad. En mi caso, tengo la suerte de que ya cuento más de diez años con mi gata. Es la respuesta fácil. Cuando no esté Morgana tendré que buscarme un perro o cualquier cosa, porque si no me mataré, sin remordimientos. 

Normalmente no siento obligación con nadie, porque las personas con las que tengo vínculos siempre son de explotación y yo lo sé y lo acepto cínicamente, por tener algún tipo de apego con alguien, pero cuando ya no puedo más soy sincera conmigo misma y sé que esas personas no me merecen ni se merecen que me mantenga con vida por ellas. 

Cuando a mi hermana la dieron por terminal me jodieron por el culo, porque me vi incapaz de matarme teniendo ella hijos como madre soltera y teniendo una esperanza de vida de los 35-40 años. Sin embargo, luego, todo lo que he tenido que ver, es decir, al tomar consciencia de la clase de persona que es mi hermana, me he decepcionado mucho y aunque pueda sentir un deber con sus hijos y con mi madre, se me ha roto la fantasía de querer aprovechar sus últimos años con ella. 

Soy una persona segada por la vida. Soy una salvaje en todo lo que respecta a las relaciones sociales y personales, pero mi relación con la vida es muy diferente. Me he dejado dominar por ella y he agachado la cabeza ante todo. Con dieciocho años quería escolarizarme y valerme por mí misma, quería saber quién era. Con veinte quería vivir para satisfacer mis necesidades intelectuales y nada más. Con veintiséis años quería justicia, quería matar a mi padre. Ya no quiero nada. Soy una persona con potencial, con facilidad para muchísimas cosas, con habilidades, lo que no he tenido más que unos pocos años han sido ganas, ni de vivir, ni de conseguir nada, porque todo me ha parecido vacío y una engañifa. 

Lo único que se puede decir que quiero todavía es que me dejen en paz. Quiero algo mío, un espacio donde mi voluntad sea norma y donde tenga potestad para reventarle los sesos a cualquiera que ponga un pie sin mi permiso en esa tierra. En esto me he convertido, en una persona que solo visualiza algo parecido a la felicidad donde tiene sus animales, sus cultivos, armas, muchas armas, y conexión a internet. Soy un viejo monstruo, pero me importa una mierda todo el mundo. 

2. La disciplina. 

Cuando se tiene depresión lo único que te queda es la disciplina. No significa que vayas a poder hacer grandes cosas con ella, si es así, créeme, depresión no tienes, tienes angustia existencial. Pero necesitas disciplina para flotar sobre los días, las horas, los segundos. Tienes que ser tu propia madre autoritaria. Si tienes que maltratarte, te maltratas. Si la única manera para obligarte a ir al baño es tirarte al suelo desde la cama, lo haces. Si tienes que chantajearte, lo haces. Si tienes que gritarte, te gritas. Pero lo haces. Vas al baño, comes, bebes, te duchas, te limpias el culo después de cagar, le pones de comer a la gata, le quitas su mierda, etc. 

Creer que existe un sistema de justicia metafísico universal por el que tienes derecho a no ser disciplinado, o creer que el sistema tiene que mantenerte con vida, o que no es tu culpa no tener a nadie, etc. son solo rumiaciones y estás en tu derecho a tenerlas, pero no te van a mantener con vida. Así que tú decides si vivir o morir. Si te quieres matar, te matas, pero hazlo bien. Y si quieres vivir aceptas que la vida es una mierda injusta, desagradable e infumable. 

No esperes placer. El problema de mucha gente depresiva o distímica que conozco es que son yonkis del placer. Están buscando alguna gratificación, algo que les levante el ánimo, que les dé motivación. Creo que son personas que nunca han quedado completamente excluidas de la sociedad y siempre han contado con alguien que les ha llevado algo de comer, o que les ha dado un techo, o les han llevado a un hospital. No digo que su sufrimiento “no valga”, digo que están acomodados en su debilidad y son adictos a ella. 

Cuando literalemente tu vida no le importa a nadie, cuando estás completamente solo en el mundo, todo eso no es negociable. No puedes hacerte el remolón. Decide tu sistema de supervivencia, no tú. Sí, tal vez estás paralizado, no te puedes mover, no sientes nada, estás ido. Pero si dentro de ti no se mueve algo en la penumbra y te saca como zombi de esa oscuridad sencillamente te mueres. 

¿Es un drama? No. 

Morirse no es un drama. Pero decídelo, sé libre, sé dueño de ti mismo. Si vives, vives, si mueres, mueres, pero quedarte a medias siempre es ser un estorbo para ti y los demás. 

3. Mecánica. 

Esto es lo más difícil. Porque cuando no te da la cabeza, no te da la cabeza. Pero tienes que construir poco a poco, de menos difícil a más. Yo tengo un esquema mental desde los veintiséis años y cuando soy incapaz de pensar, recurro a él. Es importante que esté bien grabado, porque tienes que llegar a él sin pensar. 

Yo siempre empiezo por la música. Personalmente, las pastillas nunca me han aportado nada más que problemas, pero la música es una forma sencilla de controlarse desde afuera. No importa mucho si te apetece, si no, o qué te pongas. La cuestión es conectar con algo aunque sea superficialmente y que no requiera esfuerzo. La música a mí me obliga a estar en el presente, en un aquí que no es aquí, sino que es un allá, una abstracción, un universo con sus propias normas perfectas. Puedo dejar de sentirme yo misma, salir de todo y fluir con la música. 

A base de esfuerzo, a partir de ese punto, lo siguiente que hago es algo manual y mecánico. Algo simple. Punto, costura, puzzles, jugar con una pelota, o lo que se me ocurra. Generalmente lo que hago es algo textil. Primero con la música. Luego, como si me deshiciera en mi trabajo, me voy vaciando de mí misma, y en algún momento me apetece ver algo mientras realizo mi tarea. Una serie tonta, una película que me haga gracia. Ese es el primer asidero con mi yo, de nuevo. El humor instaura sin dolor de nuevo el logos. 

Y poco a poco voy saliendo. A lo mejor tardo meses, y desde luego no llego sin secuelas al final del proceso. 

Siempre parece que va a ser imposible. Y probablemente todo esto es una sugestión. Pero esta es la forma material que yo le doy a mi instinto de supervivencia. 

Mi instinto de supervivencia en realidad es rabia. 

Yo sigo viva solo porque me niego a dejarme desaparecer tan fácilmente, ya que no me queda nada, quiero molestar lo que más pueda, el mayor tiempo posible y quiero verlo todo, aunque no sirva para nada. 











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