Antiterapia

(Conferencia de Mark Fisher en 2015)





En su libro The dangerous rise of therapeutic education, Kathryn Ecclestone y Dennis Hayes afirman que el Nuevo Laborismo recurrió a la terapia popular para llenar el vacío que dejó la política de clase. Estas «ortodoxias terapéuticas» 

incluyen la afirmación de que las experiencias de vidas pasadas tienen efectos emocionales negativos a largo plazo para todos, y efectos particularmente perniciosos para una minoría cada vez más amplia. El mensaje global es que, detrás de nuestras aparentemente confiadas fachadas, todos, en mayor o menor medida, somos frágiles y vulnerables y, en consecuencia, necesitamos formas particulares de apoyo emocional. 


[...] Eva Illouz ha identificado de un modo especialmente perspicaz, las ortodoxias terapéuticas han sido diseminadas no solo por los propios terapeutas, sino también por una cultura popular que adoptó con entusiasmo los motivos y los marcos conceptuales terapéuticos. [...] Ecclestone y Hayes también tienen razón en que la terapia viene a llenar el vacío que apareció cuando el Nuevo laborismo explícitamente repudió el concepto de lucha de clases. 


[...] [Este] «giro terapéutico”  [...] Su posición es conservadora, ya que solo nos ofrece una (falsa) alternativa entre diferentes tipos de autoritarismo. 


[...] El problema del imaginario terapéutico —y este es un problema que se remonta a Freud y los orígenes del psicoanálisis— es su afirmación de que estos problemas pueden ser resueltos por el sujeto individual que trabaja sobre sí mismo con la sola asistencia del terapeuta. 


[...] El principio que define a la ilustración radical es la convicción de que no haya nada [...] que no pueda ser entendido.


[...] Según la lógica de spinoza, ignorar las emociones solo las mistifica, las pone más allá del alcance de la investigación racional. [...] Hoy [...] Cada vez más áreas de la vida y la psiquis son dominadas por agencias que se dedican al diseño emocional y libidinal; y la mayor parte se compromete, consciente o inconscientemente, con los intereses del capital. 



[...]«En un mundo de cambios rápidos y lealtades tenues, el lenguaje y la institución de la terapia —y la autotransformación que promete— ha explotado en la cultura estadounidense». 


[...] Para Silva [Jennifer M. Silva, Coming Up short: working-class adulthood in an age of uncertainty, 2013], en cambio, la diseminación de la cultura terapéutica en los Estados Unidos es tanto un medio por el que el individualismo neoliberal ha sido implantado como una consecuencia de esa implantación. Según Ecclestone y Hayes, la terapia produce una «suavización» de la subjetividad y la cultura, que se manifiesta en un debilitamiento de la autoridad y en un fortalecimiento de un Estado cada vez más intrusivo. 


[...] Las instrucciones contradictorias sirven para desestabilizar al sujeto y mantenerlo en un estado de ansiedad neurótica permanente. Por un lado, el sujeto de clase trabajadora es interpelado por el nuevo laborismo en cuanto es capaz de auto transformarse de forma radical, de hecho, casi infinitamente. (Uno de los efectos más importantes de esta ideología, que al mismo tiempo es su presupuesto, fue despojar al sujeto de su posición de clase. La «identidad» de clase fue percibida como un atavismo y como una limitación que impedía que el sujeto cumpliera las infinitas promesas de la autorreinvención.) Por el otro, tan pronto como algo «salía mal», cuando el comportamiento de los individuos de la clase trabajadora inevitablemente se escapaba de los parámetros supervisados por él sinnúmero de agencias de control y vigilancia que la administración del Nuevo laborismo inventó, eran vistos como carentes de autodeterminación y sin capacidad de cuidarse a sí mismos, y, por lo tanto, eran disciplinados intensivamente (por ejemplo, a través de las clases de crianza).


[...] Las narrativas terapéuticas de la autotransformación alimentan lo que Alex Williams llamó «solidaridad negativa», esta tendencia de los sujetos neoliberales a «correr hacia el abismo». Si los otros son percibidos como receptores de recursos o beneficios que «no se han ganado», no solo se les deben negar esos recursos, sino que deben ser públicamente avergonzados por reclamarlos. Todo el mundo debería «estar parado sobre sus propios pies».


[...] Una narrativa terapéutica de autotransformación heroica es la única historia que le da sentido a un mundo en el que ya no se puede confiar en que las instituciones apoyen o eduquen a los individuos. En un ambiente dominado por la competencia constante y la inseguridad, no es posible confiar en los otros ni proyectar un futuro a largo plazo. 


[...] La incapacidad de imaginar un futuro seguro hace que sea muy difícil entablar algún tipo de compromiso a largo plazo. Más que ver al prójimo como alguien que comparte las angustias impuestas por un campo social extremadamente competitivo, muchos de los individuos de la clase trabajadora con los que Silva habló veían las relaciones como fuentes adicionales de estrés. En particular, muchas mujeres heterosexuales consideraban las relaciones con hombres como una apuesta demasiado arriesgada. En condiciones en las que no dependen de mucho más que de ellas mismas, la autodependencia que fueron forzadas a desarrollar era un logro validado culturalmente y una estrategia de supervivencia ganada con esfuerzo a la que no estaban dispuestas a renunciar. 


[...] la proliferación de ortodoxias terapéuticas simultáneamente produce sujetos «suavizados» (que se identifican como carentes o, directamente, dañados) y sujetos que son «endurecidos» (que se enorgullecen de una invulnerabilidad declarada).


Wendy Brown en Political theory: «A medida que el discurso liberal convierte a la identidad política en interés privado esenciales, el poder disciplinario convierte al interés en una identidad social normativizada, manipulable por los regímenes regulatorios». Brown alertó sobre una subjetividad política que «se compromete pero fundamente con su propia impotencia, aun cuando busca mitigar el dolor de su falta de poder a través de su moralización vengativa, a través de su distribución extensa del sufrimiento, a través de su reprobación de poder en cuanto tal». Según Brown, «la identidad politizada queda, de ese modo, atada a su propia exclusión, [...] ya que se basa en esta misma exclusión para poder existir como identidad». 


[...] esta psicopatología política [...], mezcla de agresión moralizante y compromiso con impotencia ha proliferado en una atmósfera política [...] fundamentalmente [...] online.


[...] la primera parte de nuestra segunda antinomia del imaginario terapéutico: existe hoy una tendencia excesiva entre muchos sujetos a identificarse como víctimas de abuso. 


[Laura] Kipnis [en «Sexual paranoia strikes academe», 2015] en ningún momento minimiza el sufrimiento causado por los abusos reales.


[...] los ensayos de Kipnis y Brown destacan las psicopatologías reales y generalizadas de la izquierda, sus análisis deben ser comparados con un reconocimiento de que el abuso sexual en el ámbito de la política y de los medios está, en realidad, mucho más expandido de lo que se suponía previamente. 


[...] Esto nos lleva a la segunda parte de la segunda antinomia del imaginario terapéutico: hay muchos más abusos de los que previamente se pensaba que eran posibles. 



El Gran Otro [en la teoría lacaniana] es algo así como un observador virtual que, se asume, es la audiencia del discurso oficial y quien garantiza la consistencia de todo sistema de realidad. Siempre existe alguna discrepancia entre lo que los individuos y los grupos saben y lo que el Gran Otro cree. [...] una característica que define al Gran Otro es su incapacidad de verlo todo. [...] Si la discrepancia entre lo que los individuos y los grupos saben y lo que el Gran Otro «cree» se vuelve demasiado evidente, ocurre una crisis severa. 


[...] el realismo capitalista ha operado reduciendo dramáticamente la banda ancha afectiva y representacional de la cultura. Una cultura dominada por los realities televisivos, la propaganda de la autosuperación y el apaciguamiento corporativo –todos ellos impulsan ortodoxias terapéuticas– ha producido una disminución de las expectativas y un conservadurismo de la representación. 


[...] aquí tenemos completa la segunda antinomia: existe hoy una tendencia excesiva en muchos sujetos a identificarse como víctimas de abuso; sin embargo, hay muchos más abusos de los que podríamos haber imaginado. ¿Cómo pueden ser verdaderas ambas afirmaciones?



EL CAPITALISMO ES MÁS REAL QUE TÚ: NO EXISTE ALGO ASÍ COMO EL INDIVIDUO AUTÓNOMO 


[...] debemos abandonar la creencia en el individuo autónomo que se encuentra en el corazón [...] de toda la tradición liberal. [...] El neoliberalismo invirtió un enorme esfuerzo y ideológico en reactivar la concepción del individuo, con el sustento de su dramaturgia de elección y responsabilidad. [...] debemos volver una vez más a Spinoza, cuya obra completa se basa en la premisa de que un individuo así no puede existir. [...] [el] terapeuta radical David Smail [...] [Power, interest and psychology: elements of a social materialist understanding of distress, 2005] rechazó todos los principios básicos de la terapia individualista. «Lo que consideramos como procesos causales de pensamiento, decisión y voluntad frecuentemente son nada más que un tipo de comentario que acompaña nuestro accionar». La interioridad presupuesta por gran parte de la terapia no es mucho más que un efecto especial ideológico. Como Spinoza, Smail entiende que el llamado «interior» es, en realidad, un pliegue del exterior. La mayor parte de lo que se supone que está «dentro» nuestro lo hemos adquirido en el más amplio campo social. 



Las personas que sufren aflicciones psicológicas tienden a ser conscientes de que no importa cuanto quieran cambiar, no importa cuan duro se esfuercen, no importa cuántos ejercicios mentales realicen, sus experiencias de vida continuarán siendo más o menos iguales. Eso es así porque no existe algo como el individuo autónomo. Los poderes que poseemos han sido adquiridos y distribuidos en nuestro contexto social [...] El propio significado de nuestras acciones no es algo que podamos determinar autónomamente, sino que se vuelve inteligible (o no) según lo que dictamine la cultura (próxima y distante) sobre la que prácticamente no tenemos ningún control. 


[...][Silva:] En los movimientos sociales como el feminismo, la autoconsciencia, el hecho de poder nombrar los problemas propios, fue el primer paso para la conciencia colectiva radical. 


[...] ¿cuándo hablar de nuestros sentimientos puede volverse un acto político? Cuando es parte de una práctica de autoconciencia que hace visibles las estructuras impersonales e intersubjetivas que la ideología habitualmente nos oculta. 


Entradas populares